Carta Pastoral del Card. Rouco Varela

“Puesto que habéis recibido a Cristo Jesús, el Señor, caminad en Él, arraigados y edificados en Él, firmes en la fe, tal como se os enseñó, rebosando de agradecimiento”. (Col 2,6-7)

 

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

El curso pastoral 2010-2011 marcará a nuestra diócesis con un acontecimiento de especial trascendencia para toda la Iglesia católica: la Jornada Mundial de la Juventud, que presidirá el Santo Padre Benedicto XVI. La diócesis de Madrid se convertirá durante los días 16 al 21 de agosto del año 2011 en la sede de la catolicidad con la presencia del Sucesor de Pedro y Vicario de Cristo en la tierra, de un gran número de obispos, sacerdotes y consagrados, y, sobre todo, de una inmensa multitud de jóvenes que llenarán nuestras calles, plazas, lugares públicos e iglesias con la alegría desbordante de quienes añaden a su juventud el gozo del seguimiento de Cristo. Madrid será una auténtica fiesta de la familia de los hijos de Dios, llamada a abrir las puertas de sus hogares, comunidades parroquiales, movimientos e instituciones de la Iglesia, a los jóvenes procedentes de todos los países del mundo que vendrán a la capital de España para celebrar un renovado encuentro con Cristo.

Esta imagen de la Iglesia, familia de Dios, que acogerá a los pere­grinos como si se tratara del mismo Cristo, debe ayudarnos a vivir como comunidad diocesana durante todo el curso pastoral. Los dos cursos anteriores hemos centrado nuestro interés pastoral en la familia, comunidad de vida y de amor, lugar de crecimiento en la fe y en la vida cristiana. La Jornada de la Juventud no nos aparta del afán por evangelizar la familia y situarla en el centro de nuestras prioridades pastorales. El tema de los jóvenes afecta directamente a las familias, en cuyo seno crecen y maduran su personalidad, y concierne de modo especial a la Iglesia que ve en los jóvenes el futuro de la sociedad y de la Iglesia. Ellos son protagonistas de la vida eclesial, a la que aportan no sólo la vitalidad de su juventud sino también la frescura del seguimiento de Cristo, cuando se fían de Él y se ponen incondicionalmente a su servicio. Por ello, aunque este año el Plan Diocesano de Pastoral se centre en la preparación de la Jornada Mundial de la Juventud y sitúe, por tanto, a los jóvenes en el centro de nuestra atención pastoral, queremos hacerlo sin perder de vista a la familia, a cada familia, que constituye la célula básica de la comunidad diocesana, entendida como comunidad de familias. Queremos, sobre todo, que todas las familias aprovechen la gracia de la Jornada Mundial de la Juventud en nuestra diócesis, para preguntarse qué deben hacer para responder generosamente a este acontecimiento trascendental para toda la vida de la Iglesia. Se trata de que cada familia sea en verdad una iglesia doméstica, para que toda la diócesis se muestre como familia de los hijos de Dios. Si vivimos así, los jóvenes del mundo reconocerán en nosotros la comunidad creyente que tiene “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32) y gozarán de la experiencia de ser acogidos y amados por la Iglesia de Cristo que camina en Madrid.

1. La Jornada Mundial de la Juventud, un acontecimiento evangelizador

Desde que el Venerable Juan Pablo II instituyera las Jornadas Mundiales de la Juventud como un cauce para que los jóvenes del mundo entero se uniesen para confesar y vivir su fe en Jesucristo, los frutos evangelizadores de estos encuentros son indiscutibles. Quienes han participado en ellos son testigos de la capacidad que tienen para fortalecer la fe en Cristo como Hijo de Dios y para renovar la conciencia de pertenecer a la Iglesia, Cuerpo de Cristo. La razón de esto es sencilla: confesar la fe en Cristo es inseparable de la experiencia de comunión eclesial que genera el mismo encuentro con Él. La espontánea comunión que se da entre quienes asisten a las Jornadas de la Juventud, testificada incluso por quienes ven este acontecimiento desde fuera, es el signo de la fe común en el Hijo de Dios. Al confesar la misma fe en Cristo, los creyentes nos unimos en una comunión indestructible que se llama Iglesia. Desde este punto de vista, las Jornadas de la Juventud son signo de la comuniónque establece Cristo entre quienes creen en Él, entre los jóvenes que vienen de todo el mundo, integrados en parroquias, comunidades, asociaciones, movimientos y grupos muy diversos, pero unidos por la misma fe en Jesucristo y la misma vocación. Sólo por esto, las Jornadas de la Juventud son acontecimientos evangelizadores, una especie de “epifanía” de la juventud de la Iglesia que muestra su dinamismo y testifica la actualidad del mensaje de Cristo.

Otro elemento evangelizador de las Jornadas es su carácter festivo. “Las Jornadas –ha dicho Benedicto XVI– se han convertido en una fiesta para todos; es más, sólo entonces se han dado verdaderamente cuenta de qué es una fiesta”. Desde que en la mañana de la resurrección, los apóstoles “se alegraron de ver al Señor” (Jn 20,20), el cristianismo es fuente inagotable de alegría, porque es anuncio de la victoria sobre el pecado y la muerte, y experiencia gozosa de la presencia de Cristo en la vida de los hombres. Nadie como los jóvenes para mostrar, cuando viven con coherencia su fe, el dinamismo de la Iglesia y la atractiva vigencia del mensaje cristiano. Esta es la novedad de la fiesta que empapa todo lo que se vive en las Jornadas de la Juventud. Son auténticas fiestas de la fe que invitan a participar a quienes buscan un sentido para sus vidas. Por ello, las Jornadas constituyen un acontecimiento misionero de primer orden. A través de sus variadas actividades –catequesis, encuentros festivos, momentos de oración, celebración de los sacramentos– son una propuesta de acercamiento a Cristo y a su Iglesia.

En realidad, las Jornadas consisten precisamente en esto: en favorecer el encuentro personal con Cristo, que cambia la vida y satisface todas las exigencias espirituales, más aún, las colma hasta el infinito. Cristo es el centro de las Jornadas, la clave para interpretarlas. El mensaje de la Jornada, la meta de sus actividades, el centro mismo de la experiencia que proponen, es Cristo resucitado, reconocido en la comunión de su Iglesia, que despliega toda su riqueza en las mismas personas que la constituyen, los que formamos la Iglesia en Madrid y los que vienen de todas las diócesis del mundo. Al ser Cristo el centro mismo de la Jornada, se explica que ésta ayude a quienes participan en su preparación y desarrollo a tomar conciencia de su condición de bautizados y a proyectarse en la sociedad como misioneros y apóstoles de Cristo. Del mismo modo que Él vino para evangelizar y fue ungido por el Espíritu para proclamar el evangelio (cf. Lc 4,18), nos envía a nosotros con su propia misión (cf. Mt 28,19-20) y con la fuerza de lo alto. Por ello, se presta especial atención a descubrir los sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía, que fortalecen nuestra pertenencia a Cristo y la responsabilidad de anunciarlo con el testimonio de la vida y el impulso misionero.

Es fácil comprender, si atendemos a la naturaleza de las Jornadas de la Juventud y a su finalidad, que el hecho mismo de prepararla como conviene constituye no sólo un reto sino una enorme responsabilidad. No se trata de quedar bien ante los demás o ante la opinión pública, sino de mostrar lo que somos, la Iglesia de Cristo que camina en Madrid y que es convocada por el Señor para ser ella misma la casa donde los que vivimos aquí y los que vengan de fuera renueven su fe, celebren a Cristo y den testimonio del evangelio en medio del mundo. Este es, por tanto, nuestro plan pastoral. ¿Cómo llevarlo a cabo?

2. En el marco del empeño misionero de la diócesis

Una de las notas distintivas de nuestra diócesis es su potencial evangelizador, debido a la riqueza y variedad de instituciones y carismas empeñados en la tarea prioritaria de la Iglesia que es la evangelización. Desde mi llegada a Madrid he querido potenciar esta riqueza de la Iglesia diocesana mediante planes pastorales centrados en el anuncio explícito de Jesucristo, Hijo de Dios y Redentor del hombre. Anunciar a Cristo a todos los hombres y en todos los ambientes ha sido mi inquietud como Obispo diocesano. Trasmitir la fe a las nuevas generaciones ha sido el afán con que comenzábamos el nuevo milenio. Las iniciativas han sido muy variadas y sólo Dios conoce los frutos de nuestros afanes por sembrar la palabra del evangelio a través de misiones populares renovadas, y de misiones en campos específicos de la sociedad, como la Universidad, la Escuela, la Sanidad. El Año Jubilar 2000 representó un impulso extraordinario gracias a la preparación y el posterior desarrollo que el Venerable Juan Pablo II llevó adelante con fortaleza apostólica y creatividad centrando la misión evangelizadora de la Iglesia en el misterio trinitario. El III Sínodo diocesano fue un fruto del Espíritu para nuestra Iglesia precisamente al inicio del tercer milenio. Empeñados en la aplicación del Sínodo, hemos llevado adelante la Misión Joven en la que de modo especial los jóvenes vivieron la experiencia apasionante de llevar a Cristo a sus compañeros en los diversos ambientes.

Podemos decir sin arrogancia que en este tiempo no nos hemos avergonzado del Evangelio (cf. Rom 1,16), sino que, a pesar de nuestras insuficiencias, hemos querido proclamarlo a tiempo y a destiempo (cf. 2Tim 4,2). Providencialmente el Señor nos ha ido preparando a través de todas estas iniciativas a vivir la experiencia eclesial de la Jornada Mundial de la Juventud como una ocasión más de nuestro empeño misionero, de forma que la diócesis viva la tarea de anunciar a Cristo a cuantos viven en Madrid y a los jóvenes peregrinos que participen en los actos convocados y presididos por el Sucesor de Pedro. Dicho de otro modo: preparar la Jornada Mundial de la Juventud es para nosotros un nuevo llamamiento a la misión, que reclama nuestro dinamismo y toda nuestra generosidad.

3. El lema de la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid 2011

Aunque la Jornada Mundial de la Juventud se celebre en una sede episcopal concreta, el Papa la convoca y la preside como Pastor de toda la Iglesia. También él la orienta mediante un lema, que, como armazón doctrinal, da coherencia a todas las actividades. El lema para la XXVI Jornada de Madrid, está tomado de la carta de san Pablo a los Colosenses y dice así: Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe (Col 2,6). Para entender adecuadamente estas palabras del apóstol es preciso tener en cuenta que pertenecen a una exhortación más amplia de corte moral que invita al cristiano a ca­minar en Cristo, es decir, a vivir como Él. Dice así el texto completo: “Puesto que habéis recibido a Cristo Jesús, el Señor, caminad en Él, arraigados y edificados en él, firmes en la fe, tal como se os enseñó, rebosando en agradecimiento” (Col 2,6-7).

En esta apretada síntesis de la vida cristiana, el apóstol apela a la tradición que los cristianos han recibido cuyo centro es Cristo. La fórmula “habéis recibido a Cristo” es paralela a “tal como se os enseñó”, y se refiere a la fe en Cristo, heredada de los apóstoles, gracias a la cual los cristianos pueden caminar en Él, es decir, vivir en Él. La vida cristiana aparece, por tanto, como la puesta en práctica de la tradición apostólica. Este carácter existencial de la fe aparece en las metáforas de las que se sirve san Pablo para describir la vida cristiana como un arraigarse y edificarse en Cristo, imágenes ambas que se refieren a los fundamentos de la vida del cristiano. La firmeza de la fe no alude sólo a la estabilidad de la doctrina, sino a la consistencia de toda la vida en Cristo, que hace de los cristianos la casa edificada sobre una roca firme, o el árbol plantado junto a las corrientes de agua viva. Quien vive así, concluye el apóstol, se des-borda en la acción de gracias, porque experimenta la solidez de su vida, que puede resistir todo tipo de amenazas y embestidas de los poderes del mal.

La riqueza doctrinal de esta exhortación de san Pablo, que orientará pastoralmente la Jornada de la Juventud en Madrid, nos ofrece un marco muy oportuno para reflexionar sobre nuestro plan pastoral y las acciones que lo constituyan. Todas ellas deben aspirar a que la comunidad diocesana camine en Cristo con fidelidad a la fe que hemos recibido de los apóstoles y cuyo centro es la persona misma del Señor.

1. Arraigados en Cristo

Nunca se insistirá bastante en que la vida cristiana consiste en una relación vital con Cristo, que tiene su origen en el bautismo, considerado como nuevo nacimiento a la vida de Dios. Echar raíces en Cristo significa vivir de su misma vida, y en especial de su conocimiento que recibimos a través de la predicación apostólica. Esta imagen recuerda la parábola del sembrador que lanza la semilla para que arraigue en la tierra y dé mucho fruto. Al explicarla, Jesús hace referencia a las dificultades que rodean al hombre e impiden que la semilla arraigue y dé fruto. Dice así Jesús:

“Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador. Sucede a todo el que oye la palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: éste es el que fue sembrado a lo largo del camino. El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la palabra, sucumbe enseguida. El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra, y queda sin fruto. Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la palabra y la entiende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta” (Mt 13,18-23).

La actualidad de esta enseñanza de Cristo nos urge también hoy a luchar contra todo lo que impide que la Palabra de Dios, y con ella el conocimiento de Cristo, arraigue en nuestro corazón y dé los frutos esperados. Son muchos los cristianos que no comprenden la Palabra ni los misterios del Reino. Muchos también los que, habiendo comprendido, no tienen la necesaria consistencia –las raíces de las que habla Jesús- para resistir en momentos de tribulación o de dificultad por la Palabra. Finalmente, el mundo en que vivimos no deja deseducir con sus preocupaciones y riquezas, que, como las zarzas, ahogan el tallo naciente y lo sofocan dejándolo estéril.

En nuestro plan de pastoral para este curso debemos dar gran importancia a todo lo que nos haga crecer en el conocimiento y seguimiento de Cristo, de forma que su vida misma arraigue en nosotros y nosotros en Él. Hemos de tener en cuenta el hecho de que “las Jornadas Mundiales de la Juventud no consisten sólo en esa única semana en la que se hacen visibles al mundo. Hay un largo camino exterior e interior que conduce a ella”. Esecamino interior no es otro que el de la fe con la que nos adherimos personalmente a Cristo y que nos conduce cada día al encuentro personal con Él. Esto es lo que pedimos en la oración de la Jornada: “Tú eres la Vida. ¡Que nuestro pensamiento, nuestro amor y nuestro obrar tengan sus raíces en Ti!”.

En este sentido, toda la comunidad diocesana debe asumir la tarea de repasar, aunque sea de forma muy sintética, el conjunto de la fe cristiana tal como se profesa en el Credo. Quien lo profesa de verdad, y no sólo con los labios, comprende su propio ser, qué significa ser un hijo de Dios, redimido por Cristo y santificado por su Espíritu. Descubre su dignidad como miembro de la Iglesia y el gozo de vivir ya aquí la vida eterna. Los jóvenes particularmente, gracias al programa catequético de preparación a la Jornada, podrán hacer este camino interior hacia Cristo mediante la reflexión sobre los artículos del Credo, que no son formulaciones ajenas a la vida, sino la misma vida de Dios presente en nuestra existencia cotidiana. “El justo vivirá por la fe” (Rom 1,17), dice san Pablo, aludiendo a la capacidad que tiene el Evangelio para hacernos vivir en plenitud. La llamada de Cristo a creer en Él sólo se entiende plenamente desde la confesión de Pedro: “Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68).

Cuando el conocimiento de Cristo arraiga en nosotros, toda nuestra vida –pensamientos, emociones, relaciones personales, iniciativas…– tiene en Jesucristo sus raíces, que le dan alimento y firmeza. El cristiano crece progresivamente según la medida de Cristo y se realiza esa admirable transformación en Él. En la personalidad de un creyente en Jesucristo no queda elemento que no sea iluminado por su luz, corregido con su poder, transfigurado por la gracia, reinsertado en su verdadera dimensión por la relación personal y viva con el Señor. Toda la verdad del hombre, dice la Constitución Gaudium et Spes, encuentra en Cristo su fuente y su corona. Por esta razón, nos sentimos urgidos, como misioneros, a proclamar a otros nuestra experiencia de Cristo para que también ellos gocen conociendo a Cristo y viviendo la novedad absoluta de la vida nueva que nos trae. Esto es lo que pedimos, en realidad, en la oración de la Jornada Mundial de la Juventud: “Nos llamas a trabajar contigo. Queremos ir a donde tú nos envíes, a anunciar tu Nombre, a curar en tu Nombre, a acompañar a nuestros hermanos hasta Ti”.

2. Edificados en Cristo

San Pablo exhorta a los Colosenses a edificarse sobre Cristo, que es el único fundamento de los cristianos como se dice en 1Cor 3,10-11: “Conforme a la gracia de Dios que me fue dada, yo, como buen arquitecto, puse el cimiento, y otro construye encima.¡Mire cada cual cómo construye! Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo”. La imagen de la edificación aparece también en el Nuevo Testamento para describir a los cristianos “edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo, en quien toda edificación bien trabada se eleva hasta formar un templo santo en el Señor, en quien también vosotros con ellos estáis siendo edificados, para ser morada de Dios en el Espíritu” (Ef 2,20-22). Los cristianos somos, pues, “piedras vivas” (1Pe 2,5) del edificio espiritual de la Iglesia en el que se integran los que son regenerados por la fe y el bautismo.

De nuevo tenemos aquí, como en la parábola del sembrador, la llamada a la vigilancia para que nuestra vida sea estable y consistente como si se tratara de un edificio inamovible. Todos queremos tener éxito en la vida. Nadie desea la ruina de su persona, de sus obras, sobre todo de aquellas en las que pone todo su afecto y corazón, como es la formación de una familia, la educación de los hijos. El hombre está llamado a la felicidad, a la plenitud de la vida y del amor. Esto es lo que propone Jesús al final del sermón de la montaña cuando utiliza la imagen de la casa edificada sobre roca o sobre arena (cf. Mt 7,24-27). Ésta se arruina por falta de fundamento cuando llegan riadas y vendavales; aquélla los resiste gracias a la estabilidad de sus fundamentos. Muchas vidas cristianas se derrumban por carecer de cimientos estables. Son muchos los cristianos de nues­tro tiempo que pierden la fe, se alejan de la Iglesia y terminan arruinando su vida.

San Pablo exhorta a la “mutua edificación” (Rom 14,19), es decir, a vivir la comunión de la Iglesia como una llamada a sostenernos unos a otros sobre el cimiento de Cristo. Por ello, esta tarea de la mutua edificación puede ayudarnos a programar dentro del plan de pastoral todas las acciones que fomentan la oración personal y comunitaria como forma eficaz de edificación. Orar sin desfallecer es un precepto de la vida cristiana. La oración ilumina, corrige, fortalece, discierne, sostiene la vida entera del creyente. La oración comunitaria hace de la Iglesia un lugar de adoración de Dios y de reconocimiento de su soberanía. La Iglesia vive en permanente oración, siguiendo la enseñanza de Cristo, a quien esperamos en su venida gloriosa. La renovación conciliar ha abierto caminos muy sugerentes de oración, que nos permiten situarnos en la escucha de Dios, en la apertura a sus planes, en la disponibilidad para su servicio.

Invito a las familias, de modo especial, a recuperar la oración en familia especialmente en los momentos en que la unidad familiar se hace patente: en torno a la mesa, al comenzar y terminar el día, en las celebraciones gozosas de los aniversarios del nacimiento y de los santos patronos, en los momentos de enfermedad de algún miembro. Los padres de familia no deben olvidar que son los sacerdotes de su propio hogar, responsables de la fe de sus hijos, que deben descubrir en sus padres no sólo a los que cuidan de su cuerpo y de su salud sino también a los que protegen su alma de toda adversidad, tentación y pecado. La oración en familia debe ser una prioridad fundamental de nuestro plan pastoral. Los jóvenes peregrinos de la Jornada Mundial, que tengan la suerte de ser acogidos en nuestros hogares, recibirán un hermoso testimonio de fe al participar en la oración de las familias que les acogen y les invitan a participar de la oración común.

También debe ser prioritaria, en esta tarea de la mutua edificación, la oración en los diversos grupos apostólicos, tanto de parroquias como de movimientos y asociaciones seglares, que buscan la renovación de nuestra sociedad. No hay renovación sin apertura al Espíritu, sin docilidad a la voluntad de Dios. Dada la riqueza y variedad de formas de oración, no tenemos excusa si no hallamos aquélla que más nos ayuda al encuentro con Dios y con los hermanos. La Liturgia de las Horas, que nos permite orar y sentir con la Iglesia, lalectio divina, el rezo meditado y sereno de los misterios de Cristo en el rosario, y tantas otras formas de piedad inspiradas en la gran tradición de la Iglesia con los textos de los Maestros espirituales, ayudará a edificarnos sobre Cristo y a vivir atentos a la voluntad de Dios.

El culto cristiano tiene su fuente y su centro en la Eucaristía, el Misterio Pascual de Cristo. Todas las formas de oración culminan y alcanzan su pleno sentido en la Acción de gracias por excelencia que Cristo eleva al Padre en la acción eucarística. Por eso, merece el interés de todo el pueblo cristiano. La Eucaristía edifica la Iglesia como Cuerpo de Cristo bien trabado. Sin ella, la Iglesia no tendría consistencia. Los recientes documentos del Magisterio nos invitan a proteger el misterio eucarístico de toda banalización y subjetivismo, promoviendo una auténtica participación de los fieles, que unidos a Cristo por la gracia, se convierten en instrumentos de la edificación de la Iglesia. Es en la Eucaristía donde los fieles se unen a Cristo y entre sí mediante el vínculo de la caridad que nace de la entrega de Cristo hasta el fin. Quien participa en la Eucaristía se ofrece con Cristo y, unido a Él, da la vida por sus hermanos. Éste es en definitiva el destino de todo evangelizador: derramar su vida –según dice san Pablo– como un sacrificio de libación por la tarea del evangelio entre los que no conocen a Cristo (cf. Flp 2,17). Proclamar el evangelio y dar la propia vida son acciones inseparables.

Todo lo que la comunidad diocesana haga para vivir en plenitud el misterio eucarístico, no sólo en la misma celebración sino en la adoración que debe acompañarlo durante todo el día, servirá para ofrecer a los hombres la verdadera imagen de la Iglesia, signo e instrumento de salvación para el mundo. El centro y la cumbre de las Jornadas Mundiales de la Juventud es la celebración eucarística presidida por el Santo Padre. Durante la semana que dura la Jornada, las iglesias acogerán a multitud de jóvenes que celebrarán la Eucaristía después de recibir catequesis en sus lenguas, y permanecerán abiertas para la adoración eucarística, que caldeará el corazón de tantos jóvenes para vivir la misma caridad de Cristo. Prepararnos para esta vivencia del amor de Cristo, presente en la Eucaristía, favorecerá sin duda que los peregrinos encuentren en Madrid una ciudad eucarística por la autenticidad de su culto y por el testimonio de caridad de todos sus cristianos.

Vinculado al misterio eucarístico se halla el sacramento del perdón, sin el cual la Eucaristía sería un culto inaccesible para el cristiano, pues todos necesitamos de la misericordia divina para acceder al banquete del Señor. Con el perdón y la misericordia Dios edifica y reedifica a su pueblo constantemente, pues sana las heridas del pecado que debilita el fundamento de la vida cristiana. La crisis de este sacramento en el momento actual de la Iglesia es una de las causas de la banalización de la Eucaristía, pues ésta actualiza la redención de Cristo, cuya esencia es la paz y la reconciliación con Dios. Si no nos dejamos reconciliar con Dios difícilmente nos sentiremos atraídos a la Eucaristía, que es el lugar donde Cristo ha establecido nuestra paz. Por ello, invito a la comunidad diocesana a celebrar gozosamente este sacramento. Exhorto a los sacerdotes a estar disponibles para escuchar a los penitentes que buscan el perdón. Y animo a todos los cristianos a una práctica responsable y sincera de este sacramento. Cuando el hombre restablece los lazos con Dios y con la Iglesia, ésta se edifica en la verdad y en la caridad. Y todos, hasta los más justos, necesitamos, como ha recordado el Papa Benedicto XVI recientemente, hacer penitencia por nuestros pecados y reparar el mal que todos hacemos. En la Jornada Mundial de la Juventud la celebración de este sacramento es uno de los actos de culto que impregnan la vida de los jóvenes con la belleza y la alegría del perdón. ¿Qué mejor preparación para la Jornada Mundial podemos pedir a la diócesis que intensificar el aprecio y la celebración de este sacramento que hará de todos nosotros signos vivos de la misericordia de Dios?

3. Firmes en la fe

En el contexto de la exhortación de san Pablo a los Colosenses, la expresión “firmes en la fe”, no se refiere sólo a mantener íntegra la confesión de las verdades que la tradición apostólica nos ha trasmitido sobre Cristo. La fe que hemos recibido por tradición es la misma vida de Cristo que habita en nosotros y nos permite vivir, caminar en Él. La fe, por tanto, no se reduce al conocimiento de las verdades, sino que implica el testimonio con toda nuestra vida, un testimonio que se hace particularmente necesario en momentos de desorientación moral como es el nuestro. Desde sus comienzos, la Iglesia no ha dejado de exhortar a sus hijos en la necesidad de vivir con coherencia la fe. El testimonio de la vida es la mejor predicación para atraer a quienes no creen, y a los tibios hacia la verdad de Cristo. “Las multitudes tienen derecho a conocer la riqueza del misterio de Cristo”; por ello, los cristianos tenemos que hacer visible a Cristo en nuestro comportamiento. Esta firmeza de la fe, que equivale a ser firmes en Cristo, debe acrecentar nuestro deseo de entender la vida y vivirla conforme al evangelio que nos ha salvado. El Papa Benedicto XVI, en la audiencia que nos concedió con ocasión de la clausura del III Sínodo Diocesano, nos decía: “En una sociedad sedienta de auténticos valores humanos y que sufre tantas divisiones y fracturas, la comunidad de los creyentes ha de ser portadora de la luz del evangelio, con la certeza de que la caridad es, ante todo, comunicación de la verdad”.

En este campo, por tanto, debemos proponer con creatividad y audacia modos de vivir la firmeza del testimonio cristiano en una sociedad aquejada de tantas debilidades, que provienen de corrientes de pensamiento y de actitudes desprovistas de fundamentos morales. Hemos de afirmar la fe haciéndonos cargo del aire que respiran nuestros contemporáneos y respondiendo a las objeciones teóricas nacidas de algunos esquemas de pensamiento opuestos a los principios evangélicos. No cabe duda, las jóvenes generaciones necesitan aprender a ser fuertes y firmes en la fe, mediante la catequesis que les eduque a dar razón de la misma y mediante la maduración de la personalidad cristiana que exige el ejercicio de las virtudes teologales y morales, ejercicio que se propone ya en las cartas apostólicas del Nuevo Testamento como forma concreta de caminar en Cristo. También aquí tenemos amplio campo de planificación pastoral. Son muchos los ámbitos donde el evangelio tiene que arraigarse y producir frutos de la vida nueva que encierra: la familia y las relaciones sociales, la formación para el amor y el matrimonio, la enseñanza y la educación de las jóvenes generaciones, el cuidado de las vocaciones. En estos tiempos de crisis económica no podemos olvidar el ejercicio cristiano de la solidaridad, especialmente con aquellas personas que sufren con mayor dramatismo el desempleo y la carencia de recursos para llevar una vida digna.

En conclusión, el lema de la Jornada Mundial presenta, desde la perspectiva de tres aspectos diferentes, la unidad interior de la vida cristiana entendida como adhesión gozosa y entusiasta a Cristo en la comunión de su Iglesia. Una adhesión que se expresa: 1) en la profesión del Credo, dándonos cuenta del significado que tiene la fe que confesamos y de la relación entre nuestra vida y las verdades de la fe; 2) en la celebración litúrgica y en la oración, acogiendo la salvación que se manifiesta y realiza en los sacramentos; 3) en el seguimiento de Cristo en la vida concreta de cada día mediante el amor fraterno, el perdón y el servicio a los más desfavorecidos. Viviendo así seremos la levadura en la masa, la luz en la oscuridad y la ciudad edificada sobre un monte, de forma que los hombres puedan reconocer que el Reino de Dios está presente en este mundo y que la sociedad se trasforma día a día a impulsos de la gracia de Cristo. En realidad, este plan pastoral tiene como eje a Jesucristo conocido y confesado en el Credo, Jesucristo acogido y celebrado en los sacra­mentos, Jesucristo testimoniado en medio del mundo por la palabra y la acción: Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe.

Nos ponemos en camino con el gozo de saber que el Señor Resucitado nos acompaña en esta empresa tan suya, a la que ha querido asociarnos. Lo hacemos mirando a la Madre de Cristo y Madre nuestra, Santa María de la Almudena. Ella nos anima siempre a hacer lo que el Señor nos dice. Ella permaneció firme al pie de la cruz con la certeza de que el amor que allí se consumaba era Vida para el mundo. Ella acompaña nuestra oración perseverante invocando la luz y la fuerza del Espíritu Santo para preparar la Jornada Mundial de la Juventud.

Con todo afecto y mi bendición.

Madrid, junio de 2010

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