Reflexión de Iglesiaactualidad ante la JMJ-2011

«Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (Col 5,4)

«Recemos los unos por los otros, y demos ante el mundo un alegre testimonio de Cristo» [1]. Con estas palabras, Benedicto XVI se despedía de los jóvenes reunidos en Hipódromo de Rondwick en Sydney tras haber convocado la Jornada Mundial de la Juventud 2011 en Madrid. Han pasado los tres años de espera y preparación. La Cruz y el Icono de la Virgen María Salus Populi Romani han recorrido todos los puntos de nuestra geografía española: desde el Finisterre hasta el Mediterráneo; desde el Cantábrico y los Pirineos hasta las Columnas de Hércules; contando con nuestros dos archipiélagos de Baleares y de Canarias. Finalmente, ha llegado el gran día. Y como el salmista podemos exclamar: «¡Este es el día en que actuó el Señor!» 

Debemos ser piedras firmes con las que se pueda construir la Iglesia del Señor. Una piedra firme fue Pedro, a quien hoy le sucede Benedicto XVI. Pedro (según la traducción griega del arameo: Pétros = “piedra”, “roca”) es ejemplo de aquel que escucha la llamada de Jesús y le sigue poniendo en práctica Su palabra. Es el apóstol humilde, y a la vez pecador, que muestra el camino del seguimiento de Cristo. Es la roca principal en que se edifica la Iglesia por designo del mismo Cristo. Por tanto, escuchemos en estos días a la voz de Pedro bajo la persona de Joseph Ratzinger; y volvamos a pregonar como en Barcelona el año pasado y en tantas otras ocasiones “¡Esta es la juventud del Papa!”

De gran memoria es para todos en estos días el Beato Juan Pablo II, que, como todos sabemos, impulsó estas Jornadas en 1986. En este año tendrá bastante peso su figura, ya que será la primera vez que presida este evento como beato desde el Cielo. A pesar de su avanzada edad, siempre fue el amigo inseparable de los jóvenes, el puente que los acerca a Dios y a la Virgen María. Todo esto lo pudimos ver en Cuatro Viento en Madrid cuando vino por última vez a España en el 2003. Con estos encuentros Juan Pablo II contemplaba a los jóvenes con gran amor y esperanza y les escuchaba con gran atención [2].

Pero ya anteriormente se había lanzado un mensaje optimista y lleno de esperanza por los Padres conciliares. «Sois vosotros los que vais a recibir la antorcha de manos de vuestros mayores y a vivir en el mundo en el momento de las más gigantescas transformaciones de su historia» [3]. Tras estas palabras Juan Pablo II vio que debía hacer un acercamiento a los jóvenes y las puso en práctica convocando al futuro de la Iglesia en un mismo lugar, sin distinción de sexo ni de nacionalidad, para así hablarles cara a cara y que ahora ha legado Benedicto XVI con el mimo mensaje en la boca: «la Iglesia os mira con confianza y amor» [4].

En nuestros días podemos ver hecho realidad ese cambio anunciado por el Concilio Vaticano II. Cambios que se han reflejado notablemente en la sociedad. Cuando antes se trataba de ayudar al prójimo, ahora se prefiere girar la cabeza para no afrontar el sufrimiento del que tenemos a nuestro lado, e incluso la negación del dolor en el interior de cada uno. Si bien, hay personas y jóvenes dispuestas a nadar «contracorriente respecto a la mentalidad actual que propone una libertad desvinculada de valores, de reglas, de normas objetivas, y que invita a rechazar todo lo que suponga un límite a los deseos momentáneos» [5].

La juventud es una etapa de la vida llena de ilusiones y de esperanzas. Se mira hacia el futuro con optimismo: la familia que formaré, las aspiraciones profesionales a las que aspiro… Se empieza a descubrir la personalidad propia, lo que está bien y lo que está mal, el por qué de las cosas… Pero una vez conseguidos todos nuestros objetivos nos damos cuenta que, aunque nos sintamos bien, nos falta algo para poder llenar esa inmensa felicidad que sólo puede colmar una persona. Nos falta Cristo [6]. Por eso en estas Jornadas se brinda la oportunidad de redescubrir a Dios, para así, mantenernos «firmes en la fe». De este compromiso surgirán nuevas vocaciones, tanto a la vida sacerdotal o consagrada, como a la matrimonial. Así lo han demostrado otras ediciones.

Si bien, la juventud de hace veintiséis años no es la misa que la de ahora. Se plantean nuevos retos y nuevas dificultades. Con el paso de los años, ha habido sucesos que han marcado un antes y un después en la historia. Me refiero a la caída del Muro de Berlín (1989) que supuso el desengaño de todas aquellas ideologías utópicas que habían sido planteadas sin una base moral adecuada y que puedan desplomarse como aquel que edifica su casa sobre arena (cf. Mt 7,24-27; Lc 6,47-49).

Recordemos la exhortación que hace san Pablo: «Hijos obedeced a vuestros padres en todo» (Col 3,20). De este amor y respeto mutuo brotan las bellas relaciones de humildad, compresión, dulzura y perdón. El testimonio y ejemplo de los santos son una luz para nosotros. Educados en familias cristianas como las vuestras. En sus familias aprendieron los valores fundamentales de la vida, aprendieron el respeto, el perdón, la entrega de la vida por los demás. De este modo, supieron encontrar en la fe inspiración para responder a las graves circunstancias del tiempo que vivieron.

Me viene a la cabeza la figura del joven Francisco de Asís, de familia burguesa y poseedora grandes riquezas, sintió una profunda llamada que hizo que vendiera todas sus posesiones para dedicarse en exclusiva a los que sufren, como en aquel tiempo eran los leprosos. Tampoco le falto la ayuda de Santa Clara de Asís. Si bien, otro ejemplo de no hace cien años, es el joven Rafael Arnaiz, canonizado en 2009 por Benedicto XVI. Él, proviniendo de una familia aristocrática, renuncia a todos los títulos que podía heredar y a los grandes estudios cursados, y, movido por la llamada del Señor a seguirle, decide ingresar en el Monasterio de La Trapa. Desde ahí escribió textos bellísimos y profundos.

Por eso, en estos momentos, hace falta «pensadores de reflexión profunda que busquen un humanismo nuevo, el cual permita al hombre moderno hallarse a sí mismo» [7]. Esos sois vosotros, queridos jóvenes. La Iglesia nunca ha dejado de ayudar a todos. Siempre ha habido algún miembro ahí donde se necesita la presencia de Cristo. Buscad la manera de que el Amor reine en el mundo entero. Vivid así para que «los hombres puedan reconocer que el Reino de Dios está presente en este mundo y que la sociedad se trasforma día a día a impulsos de la gracia de Cristo» [8].

El lema de esta Jornada nos evoca a su vez a la parábola del sembrador (cf. Mt 13,3-8; Mc 4,3-8; Lc 8,5-8). Jesús se identifica con el hombre que sale a sembrar. Pero hasta en cuatro sitios distintos cae parte de las semillas, y en cada una nos podemos sentir identificados. La primera es la que cae junto al camino y es comida por las aves. Cuantas veces escuchamos la Palabra de Dios pero, como comúnmente se dice, por un oído nos entra y por el otro nos sale. Aquí es cuando el maligno se apodera de nosotros sin darnos cuenta. En el pedregal se pueden identificar la persona que cumple los mandatos del Señor; va a Misa por ejemplo, pero en cuento sale de la iglesia se olvida de su condición de cristiana y vive la vida a lo grande. En un tercer grupo están las personas que, igual que las anteriores, escuchan la Palabra de Dios, pero la rechaza ante el mundo por vergüenza o por miedo a perder los que tiene. Y en último grupo están los que son «la luz del mundo» (Mt 5,14), los que escuchan a Jesús y sin miedo de ir a contracorriente proclamando la grandeza del Señor.

A su vez, en la explicación que da Jesús a sus discípulos de esta parábola, podemos ver su infinita misericordia. No es un juez implacable, sino justo. De esa semilla que da fruto, exigirá a cada uno según su capacidad: unos darán diez, otros cincuenta, otros ochenta, pero todos están llamados al Reino de los Cielos. Para que un cristiano pueda mantenerse arraigado y edificado en Cristo y firme en la fe, es decir, de fruto según su medida, sin duda son necesarias tres cosas: una atenta escucha de la Palabra de Dios, mantener una frecuente confesión y acercarnos a la Mesa del Señor.

Reflexionemos la primara. Dice el salmista que «lámpara es tu palabra para mis pasos» (Sal 119,105). Al cumplirse la plenitud de los tiempos (cf. Gal 4,4), envió Dios a su Hijo, «la Palabra única, perfecta e inseparable del Padre» [9]. Cristo no decía su propia palabra ni hacía su propia voluntad, sino que todo lo proclamaba y lo realizaba bajo la acción directa del Padre  bajo la acción cooperadora del Espíritu Santo: «no puede el Hijo hacer por sí solo cosa alguna sino lo que ve hacer al Padre» (Jn 5,19). Este es el misterio de la Santísima Trinidad, tres Personas inseparables que forman un solo Dios, vivo y verdadero.

La Palabra de Dios es a la vez espejo de justicia, es decir, denuncia de las barbaries. A partir de haber captado los mandatos del Señor, los cristianos podremos actuar al servicio de Cristo, o en otras palabras, podremos evangelizar, hacer presente en la Tierra, en pleno siglo XXI, la Palabra misma de Jesús. Por tanto, podemos afirmar que Deus caritas est, y esto lo trasladamos a que la misma palabra del Señor, recogida en el Evangelio, es Amor. «Jesucristo es esta Palabra definitiva y eficaz que ha salido del Padre y ha vuelto a Él, cumpliendo perfectamente en el mundo su voluntad» [10].

Antes de volver al Padre, Jesús dijo a sus discípulos: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados» (Jn 20,22-23). De esta forma quedó instituido el Sacramento de la Penitencia, que no es sino una repetición de la parábola del hijo pródigo (cf. Lc 15,11-32) en cada uno de nosotros. A veces sentimos la tentación de hacer el mal, de no amar lo suficiente a Dios, pero Él tiene un corazón de infinita misericordia. Sabiamente dijo un Padre de la Iglesia que «si la paciencia de Dios no viniese en ayuda de la cizaña [cf. Mt 13,24-30], la Iglesia no tendría ni al evangelista san Mateo, publicano, ni al apóstol Pablo, perseguidor de la Iglesia» [11].

Benedicto XVI está concienciado sobre la urgencia de acercar a la vida diaria de los cristianos la confesión y el verdadero amor a la Eucaristía. En la mañana del sábado 20 de agosto, casi concluyendo esta Jornada Mundial, el Santo Padre presidirá la Fiesta del Perdón en el madrileño parque de El Retiro. La confesión es esa “lavadora” que nos limpia para ser los más hermosos sagrarios donde Cristo pueda habitar, más hermosos incluso que el mejor sagrario de oro. La confesión nos acerca a ese grado de santidad que estamos llamados todos los cristianos. «Los efectos de la gracia del sacramento de la penitencia consisten en la reconciliación con Dios (recuperando la paz y la amistad con Él), en la reconciliación con la Iglesia (reintegrándose en la comunión de los santos), en la reconciliación consigo mismo (unificando el propio corazón)» [12].

El último pilar es el más importante, que se fundamenta a partir de los dos anteriores: la Eucaristía, máximo ejemplo del Dios que es amor. El mismo evangelista nos dice que antes del Misterio Pascual, Jesús había amado a todos los suyos hasta el extremo (cf. Jn 13,1). Mediante un acto público y solemne, glorificamos y adoramos el Pan y el Vino que se han convertido en verdadero Cuerpo y en verdadera Sangre del Redentor. «Es un signo lo que aparece» pero «encierra en el misterio realidades sublimes» (Secuencia de la Solemnidad de Corpus Christi).

Pasan los días, los años, los siglos, pero no pasa este gesto santísimo en el que Jesús condensó todo su evangelio de amor. No deja de ofrecerse a sí mismo, Cordero inmolado y resucitado, por la salvación del mundo. Con este memorial la Iglesia responde al mandato de la palabra de Dios, que hemos escuchado también hoy en la primera lectura: «Recuerda… No te olvides» (Dt 8, 2. 14). La Eucaristía es nuestra Memoria viva, el alimento verdadero para un cristiano y la bebida que sacia toda sed. Como recordaba tantas veces el beato Juan Pablo II, mediante la Eucaristía la Iglesia se convierte en misionera. Y, a su vez, «cada vez que en la Liturgia eucarística nos acercamos al Cuerpo y Sangre de Cristo, nos dirigimos también a Ella [a la Virgen María] que, adhiriéndose plenamente al sacrificio de Cristo, lo ha acogido para toda la Iglesia» [13].

Sin duda, la Jornada Mundial de la Juventud va a ser una nueva peregrinación hacia las raíces de la fe. Jóvenes de todas las partes del mundo van a acudir a Madrid. «Peregrinar significa, más bien, salir de nosotros mismos para ir al encuentro de Dios allí donde Él se ha manifestado» [14]. Mientras queden jóvenes dispuestos a nadar contracorriente, a decir sin miedo que aman a Cristo, seguirá habiendo Iglesia. No tengáis miedo, el verdadero tesoro no se encuentra en la tierra, está oculto en el Cielo para aquellos que se lo merezcan.

Que el apóstol Santiago y la Inmaculada Virgen María, bajo los cuales está puesto el patrocinio de España, guíen los trabajos y los frutos de esta XXVI Jornada Mundial de la Juventud y que ellos nos ayuden a estar «arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe».  Presurosos, salgamos todos al encuentro del Señor.

Diez de agosto, fiesta de San Lorenzo, del año del Señor dos mil once

Iglesiaactualidad

NOTAS:

[1] BENEDICTO XVI, Ángelus Domini, 20 de julio de 2008.

[2] Cf. Beato JUAN PABLO II, Mensaje con motivo de la IV Jornada Mundial de la Juventud 1989, 27 de noviembre de 1988, 1.

[3] CONCILIO VATICANO II, Mensaje a los jóvenes, 7 de diciembre de 1965.

[4] Ibíd.

[5] BENEDICTO XVI, Mensaje para la XXV Jornada Mundial de la Juventud 2010, 22 de febrero de 2010, 6.

[6] Para profundizar este tema cf. Beato JUAN PABLO II, Mensaje con motivo de la IV Jornada Mundial de la Juventud 1989, 1; BENEDICTO XVI, Carta Encíclica Spe Salvi, 29 de noviembre de 2007, 30.

[7] PABLO VI, Carta Encíclica Populorum Progressio, 26 de marzo de 1967, 20.

[8] ANTONIO MARÍA ROUCO VARELA, Carta Pastoral Firmes en la fe, junio 2010, 3.

[9] Catecismo de la Iglesia Católica, 65.

[10] BENEDICTO XVI, Exhortación Apostólica Postsinodal Verbum Domini, 30 de septiembre de 2010, 90.

[11] San PEDRO CRISÓLOGO, Sermón 97.

[12] CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, El sacerdote confesor y director espiritual ministro de la misericordia divina, 9 de marzo de 2011, 32.

[13] BENEDICTO XVI, Exhortación Apostólica Postsinodal Sacramentum Caritatis, 22 de febrero de 2007, 33.

[14] BENEDICTO XVI, Discurso en la visita a la Catedral de Santiago de Compostela, 6 de noviembre de 2010.

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